Visita "CAJA DE SUEÑOS"

28 may. 2008

El Amor, el Amor.

Sobre esto no he tomado curso alguno, porque no está en mis prioridades. Es curioso pensar eso, sobretodo en una mujer sola, que necesita tanto ser escuchada, ser acariciada y… sentirse especial para un hombre especial.

Ayer (en otro blog) comentaba algo que me pasó hace muchos años la primera vez que me enamoré. Y lo hice riéndome un poco del tema porque han pasado casi 16 años y no me causa más que gracia o ternura por mi inocencia. O al menos eso pensaba.

Luego me puse a pensar ¿por qué razón siendo yo como soy (pragmática y rápida para el “desenamoramiento”), cada vez que pienso en “él” lo hago con temor a lastimarme?). Y me puse a repasar mis enamoramientos para ver el patrón de conducta.

Es un patrón aparentemente diferente al de mis relaciones amorosas (de lo cual ya hablé) en las que el patrón de conducta es: él me quiere, yo no merezco ser querida, si él ve algo bueno en mí, tengo que agradecerlo y tratar de quererlo o al menos parecerlo.

Hoy voy a hablar de las pocas otras veces que he tenido “amores platónicos”.

En el primero hay una marca imborrable: él no me quería. Es decir, el único chico que yo elegí, que me gustó a mí, no quiso saber nada de mí. No le gusté. Con lo que parece que aprendí a que no importan mis sentimientos, la clave es que “él” sienta algo. (¿El patrón de enamoramiento de mis relaciones amorosas?… sí.). No se me pasó porque nunca tuve chance de confrontarlo a él o a mis sentimientos. No se me pasó porque no volví a pensar en ello al terminar la secundaria. El saber ahora que está casado y que no es posible ni soñar con él… me ha llevado a confrontarlo y cerrar ese capítulo que anda por ahí, perdido.

El siguiente chico en el que me fijé fue un numerario español que me dio clases de algo en la Universidad. Me parecía guapísimo, se me cortaba la respiración cuando le hablaba y a él se le cortaba también cuando me hablaba a mí. Ah, no he dicho que en ese momento yo era numeraria. Nunca le dije ni le di a entender nada. Ni él a mí. Y se me pasó cuando el sacerdote confesor me dijo que cuide mi vocación y la de “mi hermano” y que si lo que necesitaba era saber que soy tan bonita como para poner una vocación en peligro, que sepa que sí, pero que no siga jugando con fuego. “Entonces sí le gusto” –me dije- y me apreté más fuerte el cilicio (en esta foto el señor sostiene en su mano un cilicio, la parte puntiaguda va en las entrepiernas y causa heridas sangrantes muchas veces) y me olvidé de él. Luego él viajó y no supe nada más.

Casi al final de mi carrera conocí a un chico un año mayor que yo, por quien todas las de mi clase suspiraban. El primer puesto de su promoción (coleccionista de primeros puestos), atractivo, inteligente, pedante (qué atractivos son los pedantes) y me enamoré platónicamente de él. Seguía siendo numeraria, pero tenía un “enamoramiento” que tenía que pasar (sabía que iba a pasar). Como es lógico (lógico para quien conoce el opus, si no lo conoces mira un poco AQUÍ) yo tenía la intención de ser numeraria hasta la muerte, así me tenga que morir joven para lograrlo (lavado de cerebro que le dicen).

Así que lo primero que hice fue ir a mis “Directoras” a decirles que estaba enamorada de este chico, que lo veía todos los días porque recibía clases en el salón del costado y que yo era muy grosera y pesada con él como para que no entre si yo estoy, pero así y todo me cruzaba con él y sentía que se me salía el corazón (adolescente tierna). Mi “Directora” (una jovenzuela de 21 ó 22 años en ese entonces) me dijo que ponga “más medios”, que si él entraba, yo saliera, que si el salía, yo entrara, que no hable con mis amigas si él estaba con ellas, que si él venía por la derecha yo huya por la izquierda.

Lo hice tal cual. El resultado: me obsesioné con él. Tanto así que deseaba no ser numeraria. (El chico no me había dicho ni media palabra, ni se me había insinuado). Llegó el verano y con él las vacaciones y con ellas mi encierro anual para “estudiar doctrina”… del opus, claro. El encierro (llamado “semestre”) era en Lima (la capital) y allí viajamos.

Claro, viajamos las numerarias y viajaron nuestras amigas y sus amigos, porque Lima era el único sitio para hacer prácticas pre- profesionales. Y viajó “él”. Yo no sé si él lo sabe, pero me pasé todo el verano oyendo hablar de él a mis amigas y sabiendo casi exactamente qué había hecho todo ese tiempo. Una tortura.

Luego los del opus decidieron que me vaya. Me rompieron el alma y me fui. Así que cuando quise empezar a verle el lado positivo al asunto de ya no ser numeraria, se me ocurrió que lo único bueno era que podía acercarme a ese chico que tantos desvelos me había causado.

Me acerqué. No era pedante, es un ángel. Un chico buenísimo. El mejor de los amigos. Y me di cuenta que mi enamoramiento de todos estos meses pasados había sido unilateral. Él apenas sabía que yo existía y que era bastante odiosa con él (estrategia para alejarlo de mi) y nada más. Se me pasó el enamoramiento y nació una amistad grande, fuerte y sincera. Se me pasó como por arte de magia. Como quien despierta de un sueño.

Ahí me fijé en un chico de mi clase, muy amigo mío, simpático (olía delicioso siempre y eso era lo que me gustaba más de él). Así que decidí que él me gustaba. Andábamos siempre juntos o en grupo. La verdad era tan platónico que nunca me provocó darle un beso o un pellizcón juguetón, ni a él tampoco. Un buen día una amiga muy querida me dijo que a ella le gustaba el chico. Así que en ese acto se me acabó el gusto a mí. Yo quería que mi amiga esté con él y yo a un costado. Fría y calculadora creo que me dijo él (cuando le comuniqué mi paso al costado). Y sí, a lo mejor. A mi el encantamiento se me acabó ese día, en mi casa, cuando ella me dijo que le gustaba él y que si a mi me gustaba también ella no quería problemas.

Luego vinieron los enamoramientos por internet mezclados con mi lío mental- espiritual causado por el opus, que me dejaron hecha un desastre y así me quedé.
Algunos años después vi a un chico guapísimo entrar en mi clase de la maestría. Ese mismo día contó que se acababa de casar. Eso fue todo. No me gustó más. Aunque había una gran afinidad intelectual y nos hicimos muy amigos y (sobretodo) compañeros de clase y miembros de grupo de estudio.

Es como si supiera que los amores platónicos o el gusto por alguien están condenados a fracasar, que a la primera “mala noticia” los corto de raíz y no vuelvo a pensar en ellos.

Entonces yo no necesito a otro chico en mi vida a quien yo le guste y que parezca que me quiere. Lo que yo necesito es a un chico que me guste. Alguien que me provoque atraer, alguien que haga que yo no me desanime al primer “inconveniente”. Alguien que me “cueste” y a quien valore. Y (obvio) que me valore a mí.

Sí, muy difícil… la verdad, me da pereza. Es por eso que no es una prioridad en mi vida el encontrar el amor…

¿Y si llega?

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